1 de Abril 2017

tulipanes

Si el grito no ha conseguido conmover a las agujas del sismógrafo más cercano, es que el dolor no debía ser lo suficientemente profundo o, al menos, sincero. Ni siquiera las gotas de rocío sobre los tulipanes comprados con tarjeta de crédito, en el epicentro de la megápolis de asfalto y acero, han sido capaces de revertir el día, cuando uno espera que un brote de belleza le sane. O, al menos, le calme. He girado el dial de la radio analógica hasta escuchar a CatPeople interpretando Radio. Me he sentado en el suelo, ante mi cuadro favorito, como un gesto de sumisión. En la televisión, la gente sonríe en los anuncios silenciados de alcohol. Cada vez que las autoridades sanitarias recomiendan beber con moderación, un cirrótico mira al cielo. He vuelto a la cocina a fotografiar a los tulipanes. Tenemos tanto miedo, los humanos, que tratamos de preservar cualquier momento de vida supuestamente feliz en un formato digital para paliar la futura tristeza analógica. Somos previsores autodestructivos. He cogido el lápiz rojo y azul para escribir una lista de inmediateces e imposibilidades. Sin tener muy claro qué extremo de color corresponde a cada cuál. Aunque si bien es cierto que la punta roja siempre es la que se parte. He preparado una mochila para unos quince días. Cada vez que cojo el pasaporte pienso que. Si me pides una nacionalidad, dime cuál es el gentilicio de internet. He cerrado la puerta y en el segundo giro de la llave he empezado a pensar si el agua en la maceta sería suficiente. O quizá si el ángulo de sol, en la terracita de ese cuarto primera sería, el adecuado. No quiero volver a casa y ver cómo se han marchitado los tulipanes. No soporto la muerte ni el deterioro. Ajenos.

enfant terrible,
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