23 de Marzo 2017

rebobinar

Unas patatas del sultán, por favor, con más mayonesa que picante. Las burbujas de aceite parecían matarse unas a otras, en una guerra breve. Un brazo apareció por encima del mostrador y me tendió un cucurucho con esferas de aceite. Dejé una moneda sobre la palma de la mano y el brazo volvió a desaparecer tras el mostrador.
Volvía a casa contando los pasos que separan el equinoccio de primavera de la última gran turbulencia de mi cabeza. Los controladores aéreos habían desaparecido hacía un tiempo. Se fueron y apagaron los monitores. La mayoría de mis decisiones habían dejado de parpadear en un monitor monocromo. Ya nadie sabía cómo hacerlas aterrizar. Nadie quiere aviones imprevisibles, dijo el último controlador, mientras se ponía la chaqueta y salía de la sala de mandos de mi cabeza.
Llegué a casa tras esquivar a los niños que salían de la iglesia evangelista, persiguiéndose unos a otros, en mitad de la noche, iluminando la calle con los diodos de las suelas de sus zapatillas. Entré en la cocina y toqué el lomo de la cafetera para ver si aún estaba caliente como cuando un abuelo posa la mano sobre el capó de un coche mal aparcado. Me había prometido no beber, esta vez, para intentar superarlo. Encontré aquella película de Coppola, en blanco y negro, en la que Vincent Gallo hacía de Vincent Gallo en Buenos Aires. Volqué las patatas del sultán sobre un plato hondo de cerámica y las sepulté en sal. Me gustaba pensar que quizá, poco antes de que llegue el infarto, las arterias se podrán rebobinar, como la película de Coppola, o los instantes previos a una decisión que se convierte en accidente múltiple.

enfant terrible,
comentarios
comentarios