14 de Marzo 2017

Nighthawks

Desde la vía seis veo a los hombres apoyados en la barra del vagón restaurante. Es de noche y la única luz procede del interior del convoy. El resto está dormido, en calma, sujetado por la penumbra. En el vagón nadie mira a nadie, nadie habla con nadie. Parece un extraño juego esquivo bajo los fluorescentes de luz crema. Soy el único espectador de la escena. Observo desde el andén. Puedo ver que en el interior del vagón no hay un hombre de pie, ni el camarero va vestido de blanco, ni nadie sostiene un cigarro entre índice y anular, y ni siquiera hay una chica con un vestido rojo. Pero por lo demás, la luz que emana del interior y la soledad que desprende la espalda de un hombre solo bebiendo en la barra, me recuerdan al cuadro de Edward Hopper. Nighthawks. Estoy ante un lienzo móvil, de unos quince metros de largo que empezará, poco a poco, a moverse y desaparecer de la vía seis en cuanto la megafonía anuncie la salida del tren. Por un momento, es mil novecientos cuarenta y dos y Edward Hopper firma esta noche, en la esquina inferior derecha, mientras empieza a llover y los hombres se ajustan el sombrero sobre los ojos, sin apartar la mirada de la mujer del vestido rojo que ha bajado del vagón restaurante, y se ha quedado en el andén, una vez que el tren se ha ido. La estación es un diner iluminado.

enfant terrible,
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