27 de Febrero 2017

entropía

Sin anarquía, ni rabia, ni resentimiento. Soy la mandarina, ahora aboyada, que ha caído desde lo alto de la caja. Seguramente éramos muchas, estábamos nerviosas, había demasiada entropía y como dicen algunos, el mercado siempre se autoregula. Pero ellas siguen en la caja y yo he rodado por esta calle mal asfaltada y algo empinada, un tanto lisboeta, con la inercia de cualquier cuerpo esférico y la parsimonia de una mandarina perezosa y algo dormida. Me han frenado los barrotes de una alcantarilla romana y los restos de cartón de un falso gorro de pirata. Es la mañana después de la noche en la que todo el mundo se disfraza. Está empezando a llover y he podido ver en la mirada de Ahmed, mientras colocaba otras cajas de fruta, ternura pero indiferencia por la mandarina que se escapa. En el suelo hay confeti, cristales y orín. He sorteado cascos de botella y aún no soy zumo, apenas una herida. He visto a una novia, vestida de novia, llorar como una novia. He visto los neumáticos de los camiones de limpieza avanzar hacia mí. Disparando cañones de agua como antidisturbios en una manifestación. Me han lavado a presión como a un preso en una película de sobremesa. Y lo he agradecido; poco antes un perro me había ladrado, lamido y meado. Después ha amanecido. Y la primera nonagenaria que ha inaugurado este tramo de calle ha gastado dos años de menisco en agacharse y recogerme. Me ha secado con la manga derecha de una rebeca azul oscuro mientras me hablaba flojito en el idioma de las abuelas dulces. Cuarenta y tres pasos después de esta calle empinada me ha dejado sobre mi caja de mandarinas de Frutas y Hortalizas Ahmed. Nos hemos puesto todas muy contentas.

enfant terrible,
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