7 de Febrero 2017

criogenización

El entresuelo huele a gambas. El temporizador de la luz lleva meses estropeado, se mueve nervioso como un metrónomo acelerado. Bajo a oscuras con la mano en la barandilla. Está astillada pero el roce áspero y los pequeños pinchacitos de las astillas palían el frío de mi mano izquierda que busca, a tientas, el final de la baranda para saber cuándo debe girar el resto del cuerpo.
Avanzo con la sensación de ser una versión envejecida de lo que creía ser yo mismo. Los segundos son inmensos, como cuando suena música pero no puedes escucharla, pero la intuyes y sabes que los dragones siguen escupiendo fuego verde en la cabeza del compositor que podría soldar de nuevo las articulaciones y remachar las juntas del acorazado que se ha convertido en un invernadero para la humedad.
Otra vez ese dolor en las rodillas. El frío bajo la rótula y la imagen mental de vendar la tibia para comprimir el cauce del dolor. Como si los desbordamientos pudieran evitarse. Estoy hecho un asco, pienso. Soy una planta escarchada, digo.
Ver el sol, al final del pasillo, colándose por entre los barrotes del portal y dudar si salir a la calle y resucitar en forma de pequeña fotosíntesis. O simplemente esperar a que alguien me criogenice hasta que el capitalismo haya desaparecido y ya no queden fondos para poder descongelarme.

enfant terrible,
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