3 de Febrero 2017

incertidumbre

Ha muerto el último hombre que pisó la luna. Parece la primera frase para un tratado sobre la melancolía. Pero es sólo un titular nocturno en una cadena minoritaria. En las imágenes de archivo Eugene Cernan es aún joven en el Apolo 17. Hay mucha grasa en su traje blanco de astronauta, pero la bandera americana aparece impoluta cosida en su hombro izquierdo. La mitad de la cara de Eugene está ensombrecida como en un cuadro de Goya, como si un niño hubiera dibujado un pequeño cuarto creciente en la cara del último hombre que estuvo allí.
Al cambiar de canal, Alyssa Carson, una niña de quince años, aparece embolsada en un mono azul de la Nasa con muchos parches y condecoraciones. Son chapitas de dobles alas y circunferencias zurcidas en torno a pequeños trasbordadores espaciales. Habla con la distancia y condescendencia de las razas superiores a las que se le intuye una estupenda inteligencia únicamente al asentir. Sus ojos rasgados, sus orejas puntiagudas, su hoyuelo en la barbilla, conforman un triángulo, un satélite facial, una carita de avatar que parece estar diciendo. Llevo mirando al cielo desde que tenía tres años en mi pueblecito de Luisiana y voy a ser el primer humano en pisar Marte.
No sé si Eugene y Alyssa se llegaron a conocer, si pudieron desearse suerte en algún momento, pero hubiera sido una buena primera escena para un tratado sobre la incertidumbre. Entre nosotros orbitan seres maravillosos. Quizá lo de menos sean sus viajes espaciales.

enfant terrible,
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