20 de Enero 2017

tramoya

No era el gradiente de un atardecer. Era una superposición de distintos atardeceres en un mismo plano, en un mismo cielo, en un mismo día. Con sus distintas luces, matices y épocas del año, pero evitaré la palabra amalgama, y las comparaciones violáceas, y la retórica sobre la belleza, la que duele, la mediterránea. Soy incapaz de describir lo que sucedió. Porque el humo continuaba saliendo de las chimeneas de los cargueros rusos en el horizonte, así que el tiempo funcionaba correctamente, o lo hacía como antes, con una evolución de instantes. Pero el espacio no, estaba fileteado de capas superpuestas, como el escenario de un mal teatro de una clase de tercero, en el que un niño nervioso no entiende el funcionamiento de la tramoya. Así que ahí estaba, como un niño nervioso, a un par de metros de la orilla mirando al cielo, creyendo entender que debía prestar más atención a la luz que a la oscuridad. Y durante un instante me creció el corazón un par de tallas, me sentí feliz viendo cómo atardecía. Después anocheció súbitamente. Como si el escenario se hubiera desprendido por un acantilado. Sin tiempo para que el niño de corazón agrandado tuviera margen de reacción.

enfant terrible,
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