4 de Enero 2017

viento

Le compré a mi madre un sombrero en una sombrerería de South Kensington. Había distintos diámetros, centímetros de ala, de alto, varias medidas, aunque al final, como siempre en cualquier transacción, la única medida era el precio, las libras que te separaban del objeto de deseo. A mi madre le gustan los sombreros porque -en sus palabras- te permiten ocultar la mirada bajo el ala, y en los días de viento despegar planeando y perderse en el cielo, ese del que tanto se protegen el resto de humanos que suelen comprar sombreros, pero que aún no han entendido que no son escudos sino alas. Sé que cuando muera la recordaré bajo un sombrero, pero aún es pronto para eso, porque las mujeres fuertes son eternas, y eso lo sabe cualquiera que haya nacido de un útero así, o haya tratado de enfrentarse a ellas. Volvía a casa sujetando con ambas manos una preciosa caja ovalada de cartón, pintada con rayas ridículamente pomposas, que intentaban decirle al mundo que en su interior sólo podía haber una promesa que nunca fuera estrenada. Me detuve a mitad de Albert Bridge, en el punto más alto del puente, a hacer una de esas estúpidas fotos a contraluz mientras atardecía. Abrí la caja y dejé que el viento hiciera su trabajo. El sombrero levantó el vuelo y desapareció a los pocos metros en un mal aterrizaje sobre el Támesis. Lo vi pasar, mojado y abultado, bajo mis pies y los del puente, llevado por la corriente. Espantando así cualquier idea de muerte.

enfant terrible,
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