29 de Diciembre 2016

familiar

He bajado al parque a jugar con mi hijo. Es un hijo que no existe, no engendrado, no concebido, pero ha sido una buena mañana de fútbol. La humedad de la noche anterior, casi cristalizada, se resquebrajaba en el larguero de la portería conforme el sol apuntaba cada vez más alto. Niños ingleses y franceses hablaban entre ellos en el entreno de los alevines del Chelsea. Mi hijo me ha preguntado en qué lengua hablaban. En el idioma del fútbol, he dicho muy sonriente, al no saber qué contestar. Nos hemos reído y hemos seguido levantando las faltas por encima de una barrera también imaginaria. Al volver a casa abrazados, como en cualquier escena perfecta en la que un padre juega con su hijo, hemos acordado comer pizza de rúcula y parmesano. Nos hemos dejado caer en el sofá, sudados y derrotados, y he encargado una pizza familiar por teléfono. Al colgar, evidentemente, mi hijo que no existe, no estaba ahí.

enfant terrible,
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