28 de Diciembre 2016

aldea

La inteligencia es una puta vestida de puntilla en la esquina de cada decisión. Haz uso de tu inteligencia, dicen, como si pudiera desvincularse del resto de opciones. Como si la palabra puta otorgara el poder de posesión, uso, disfrute, y quizás en último extremo, merecimiento. Entendiendo que el pago sería lícito para desnudar la puntilla. Y extirparla de la intuición, el amor, el cariño y el deseo. Pero cualquiera que haga uso de su inteligencia sabrá que eso no es posible. Porque la inteligencia nunca viene sola y cuando se sienta en un taburete, mil ojos se posan sobre ella. Y nunca, en ningún caso, es suficientemente fría para tomar una decisión en soledad. Se acompaña siempre de la visceralidad y del entorno, de esos mil ojos que reposan silenciosos en la distancia, sobre la nuca de cada resolución, y acaban condicionándolo todo. Hasta que tomas una mala decisión y tratas de justificarla, argumentando la imposibilidad de dejar de ser humano. E incluso escribes sobre ello con cierta distancia y vistes la metáfora con puntilla, como si eso sirviese de algo. Pero hasta en la aldea más pequeña del centro de tu alma saben que te estás equivocando.

enfant terrible,
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