14 de Diciembre 2016

rastrillo

Esta mañana no se ha despertado el peinador de cielos. Duerme, una terrible resaca, a los pies de su enorme rastrillo de madera quemada. En este país, cada día parece fiesta nacional o, al menos, cada noche se celebra como tal. Cuando el encargado de cepillar el cielo se ha despertado, ha subido a gatas hasta el tejado. Con un ojo abierto y otro cerrado, ha visto el cielo trenzado de nudos de nube, ovillos espesos de una alfombra nublada y enmarañada. Y descalzo ha bajado los escalones, precipitado por un reloj de sol que no dibuja las horas romanas. Se ha salpicado la cara con agua helada y enfundado unos pantalones bombachos. Y aún con restos blanquecinos de dentífrico en las comisuras y algo de polvo en las aberturas, ha vuelto al punto más alto de su pequeña casa de desenmarañador de cielos. Y subido de puntillas a un taburete desvencijado, ha rastrillado cada nudo de nube hasta que, poco a poco, ha amanecido sobre todas las cabezas de esta triste ciudad.

enfant terrible,
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