30 de Noviembre 2016

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Estábamos ante lo que se supone que era el centro neurálgico (y quizá neurológico) del universo. Y aún así, la gente que allí trabajaba, parecían humanitos. Con sus bracitos, sus piernecitas, y su indecisión entre pasta vegana con pesto o pizza de gorgonzola en un colorido comedor con más luz que proteínas. Las mejores cabezas tecnológicas del universo deambulan bajo este techo de cristal. Duermen en sofás. Dibujan personajes de videojuegos con post-its en las ventanas de las salas de reuniones. Cada pegatina es un píxel. Cada humano es un genio automatizado. Quizá Dios, a su vez, les esté mirando y dibujando con post-its las siluetas de estos pequeños genios en una de sus salas de reuniones del cielo.
Cuando atardece, suben al ático, y beben café mirando al horizonte. No hay camisas, ni corbatas, ni zapatos, ni prejuicios. El único baremo es la inteligencia. Y la absoluta libertad. El centro neurálgico del mundo se alimenta de anarquía para constituir el mayor mecanismo de control y vigilancia sobre los restantes siete mil millones de humanos. Seguramente lo que no sospechaban aquellos anarquistas es que en su parcela de absoluta libertad, ellos también estaban siendo objeto de control de su propia creación.

enfant terrible,
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