23 de Noviembre 2016

vívido

Fue un sueño muy vívido, como cualquiera que resulta extrañamente doloroso al despertar. Era un aeropuerto pequeñito, sencillo, y prácticamente vacío. Los dos sabíamos que no debíamos estar ahí, intuíamos que no podíamos subirnos a ese avión, pero aún así nos dábamos la mano -sin mirarnos- como dos niños que saben que están a punto de fugarse de casa. Lo único incoherente era que un aeropuerto así pudiera ser el enlace para un destino tan remoto. Quizá ese era el pequeño zurcido del sueño que precisamente avisaba que todas aquella imágenes, caricias, y nervios no eran salvo un sueño. Una cicatriz en una realidad que nunca había existido. La luz que entraba era azul, de pecera limpia, como siempre que amanece en un aeropuerto. El resto del pasaje portaba maletas, guías, incluso esos cojincitos cervicales. Pero nosotros no, nada, lo único que sosteníamos era la mano del otro. El monitor sobre la puerta de embarque estaba apagado, así que no supe cuál era nuestro destino. Salvo la sensación de que era lejano e inventado. Me desperté con tortícolis como después de cualquier viaje transatlántico. Y lo primero que hice fue buscar la tarjeta de embarque en el bolsillo.

enfant terrible,
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