22 de Noviembre 2016

pier

He visto a aquella antigua modelo alemana hablando sola ante un escaparate con la que era una foto suya de hace treinta años. Joven y guapa. Después se ha dado la
vuelta, con los hombros encogidos, murmurando al suelo, dándole explicaciones al vacío. Parecía haber perdido la cabeza, además de la cara y el cuerpo. Y, pese a su
falta de lucidez, ser consciente de ello. Ha entrado en una iglesia a rezar al dios del tiempo, creo. No la he visto salir.
Al volver a casa alguien ha llamado al teléfono fijo. Cada vez que suena el supletorio, tengo la sensación que es una llamada del pasado. La voz, al otro lado del
auricular me ha preguntado. ¿No es bonito recibir cartas que no sean facturas?. Te espero en el muelle.
Los graznidos de las gaviotas son el altavoz invisible que recuerda que la espuma de los días no se reduce a la cerveza, pero también al mar, cuando la ola retrocede y chisporrotea sobre las piedrecitas de la orilla.
Al llegar a la feria, he creído verte ante una de esa máquinas con pequeños acantilados de monedas que se rastrillan unas a otras, hasta empujar a la última por el precipicio que la llevará a la mano del ludópata de domingo. Era tu voz y eran tus manos las que sostenían un vasito de plástico repleto de monedas, pero no eras tú.
Brighton parece un barco pirata hundido en el tiempo. En las calles de esta ciudad, la modelo alemana sigue siendo joven en los anuncios de coches que ya no se venden desde hacen treinta años. No sólo el muelle está oxidado.

enfant terrible,
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