17 de Noviembre 2016

clapham

He visto un Bobby londinense, bajo un caso azul, cepillar su enorme barba pelirroja, con un peine de madera diminuto que apenas puede verse en sus enormes manos de policía. Hay un cuervo en el bordillo picoteando los flecos de carne que resisten en un hueso amarillento y roído. Y una mujer entrenando en una máquina elíptica en un parque. Está envuelta en un niqab lleno de cinética por los movimientos pendulares de la máquina. Cuando llego al andén, un octogenario con los pantalones meados me recrimina que fume en la zona de vías. Si yo nunca he fumado, si yo nunca ha estado aquí. Es una ley de hace cuatro años, dice. Si ni siquiera soy capaz de recordar quién era hace cuatro años, pienso. Al salir de la estación, le he dado mis dos últimas libras a una negra que toca la guitarra cerca de Clapham Junction. Está lloviendo sobre su micro y su amplificador. Resiste estoica como si su voz pudiera devolver la lluvia al cielo. Ha sonreído con el ruido de mis dos monedas como si supiera que eran las últimas del bolsillo. Otra noche más sin cenar. Buenas noches, bobbies, cuervos, deportistas, alimañas y artistas.

enfant terrible,
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