14 de Noviembre 2016

poppies

He encontrado una de esas pequeñas amapolas de papel en el bordillo de una acera mojada. Llueve y el extremo de uno de los pétalos está algo pisado. La he recogido con la delicadeza de quien hereda un tesoro desconocido. sí que la he secado con un pañuelo de trapo que he encontrado en el bolsillo. Tiene una inicial bordada. No es mi abrigo, no es mi pañuelo y no es mi inicial. Pero ahora es mi amapola de papel. He pensado que la mejor forma, o al menos la menos mala, de no llamar demasiado la atención es lucir la amapola en la solapa izquierda del abrigo. La mitad de la gente aquí así lo hace. No tengo los ojos azules, ni un gran acento, ni la carita pálida, pero honro a todos los veteranos de guerra que algún día lucharon por esta tierra. Y desde que presuntamente lo hago, con este pequeñito emblema en mi solapa, las abuelitas me hablan en el supermercado, las chicas me piden fuego, y los camareros no me dejan para el último en la barra. Decía John McCrae en su poema que, si perdéis la fe en nosotros, los muertos no podremos dormir, aunque crezcan las amapolas en los campos de Flandes. Porque muchas veces un símbolo parece conceder la entrada secreta a un selecto club. En este caso, al de los vivos.

enfant terrible,
comentarios
comentarios