10 de Noviembre 2016

bandos

Matar tiempo, como si fuera asesinable. Los remolinos de hojas, rojizas y ocres, al otro lado del cristal de una cafetería donde nadie bebe café. No me gusta escribir en público. No me gusta beber café en público. No me gusta hacer nada en público. Publicofobia. Me gusta utilizar palabras que no existen. Asesinable, publicofobia. Ayer fue elegido el presidente al que todo el mundo odia. No debe ser todo el mundo porque la mitad parece haberle votado. Farmacéuticas, infraestructuras y armamentísticas se ponen verdes en bolsa. El resto de humanos, morados de bilis contenida. Escucho el Idioteque de Radiohead, y pienso que nada nos define mejor. En las calles se habla, con acento engolado, de la próxima gran guerra. De quién definirá los bandos. Los cínicos hablan del turismo espacial y de la posibilidad de emigrar a otros planetas. Algunos niños dibujan astronautas con cascos muy grandes y cohetes en dirección a la luna. Otros niños dibujan soldados con armas muy grandes y misiles en dirección a la tierra. La transmisión del odio y la esperanza parece genética. Cuando insisten en que el big data puede prever el resultado de unas elecciones, hay que recordarles que los ancianos siguen siendo analógicos (pero votan, y mucho). Aún no estamos preparados para mapear todos los metadatos mentales de la humanidad. Deberíamos empezar a aceptar que la imprevisibilidad es el último bastión de la raza frente a la tecnología. Si todo el mundo tuviera publicofobia, quizá no se necesitarían líderes. Locales, supranacionales, universales. Dispuestos a presionar el botón rojo, mientras entornan los ojos.

enfant terrible,
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