24 de Octubre 2016

último tren

Siempre es el último tren. El de los desalmados. El de los vencidos. El de los trabajadores agotados. Un vagón de aliento a alcohol, de corbatas aflojadas, de clarividentes derrotados. Un tren en el que nadie mira el paisaje porque la noche, al otro lado, convierte las ventanas del convoy iluminado, en un juego de espejos, en el que todos nos estudiamos, escrutamos, y apiadamos de las pequeñas unidades individuales de derrota ajena creyendo que, pese a formar parte de esa colectividad, seremos capaces de escapar pronto de ella. Encontraremos una grieta en el vagón de clase media. O, al menos, eso pensamos, mientras nos quitamos la mierda de la uñas, con el extremo del cartoncillo del abono de viaje. Y le damos la vuelta, y repasamos mentalmente cada trayecto mecanografiado en el anverso, fecha, hora, y minuto, imprimido con la cruel precisión de la tinta que, casi evaporada, nos recuerda que lo mismo le sucede a nuestra vida. Después, alzamos la vista y nos preguntamos si la cortinilla blanca en el reposacabezas del asiento delantero, no es sino un pañuelo de cortesía para que sequemos nuestras lágrimas de clase media vencida. Y lo hacemos todos, de algún modo u otro, marionetas asíncronas, convencidas de algún día encontrar la fisura del sistema. Pero como cada noche, llegamos a la última estación, y caminamos bajo los óvalos de luz de las farolas de la periferia. Nadie se ha dado cuenta (creo) que cuando el último tren se queda solo en el andén, se ríe de todos nosotros, porque sabe que mañana volveremos a por más. Las noches de viento, oigo esa risa, al llegar a casa desde la estación. Somos el carbón de la locomotora. La carnaza de los raíles.

enfant terrible,
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