18 de Octubre 2016

todo_lo_que_no_se_explica.txt

Es todo lo que no se explica, en realidad. Todo lo que no quieres que transluzca. Se enfoca la sonrisa, los dedos en forma de victoria, los ojos achinados, la esferita de flash en las pupilas. La imagen es perfecta, o al menos la proyección de la misma, o quizá la intención previa. Perfecta si te quedas en lo superficial, como sucede con el brillo de cualquier capa de barniz. Idílica hasta que ves la ropa amontonada en el lado izquierdo de la cama. Y en el lado opuesto, sólo un par de zapatillas de estar por casa, de un número pequeño, bajo la mesilla de noche. Y un libro, y un cargador de móvil, y una caja de clínex sin clínex que sobresalgan de ella. La tensión en la mano que sujeta el móvil con el que te haces la foto, y el agarrotamiento del antebrazo. Seguramente debido a la repetición en el enfoque, en la pose, en la impostura, en la sonrisa, en lo alto de la barbilla. Tras los tres minutos de disparos necesarios hasta que la foto ha parecido lo suficientemente convincente. Proyectando una imagen de serena felicidad, de plenitud, de eso que llaman paz. Nada que haga presagiar que, tras enviar la imagen, has corrido hasta al baño a llorar. Nada que haga sospechar que, tras hacer zoom deslizando los dedos por la pantalla, alguien pueda advertir la ausencia de un segundo par de zapatillas, el vacío de la segunda mesita de noche, y la soledad de los enchufes no tapados.

enfant terrible,
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