3 de Octubre 2016

regular

Estábamos en la sala de espera de un doctor cualquiera. Había café, wifi, el fluorescente parpadeaba. Eran las cinco de la tarde de un día nublado. Los rizos de los niños no brillaban al sol tras la ventana que daba a la calle. La enfermera me entregó una tablilla con una pinza que sujetaba un cuestionario de veintitrés preguntas. Ya sabes, edad, sexo, alergias, operaciones previas, grupo sanguíneo, estupefacientes. Podías contestar a la mayoría con una crucecita. Otras reservaban un espacio aceptable si eras capaz de escribir el nombre de una enfermedad con una caligrafía de tres puntos. Cuando llegamos a la pregunta veintitrés. ¿Cómo considera su estado de salud? Bueno, Regular, Malo. Dirigí el lápiz (evito siempre los bolígrafos, como cualquiera que haya entendido que la duda siempre es necesaria) a Estado de Salud Bueno. Primera casilla en tinta azul de la columna de la izquierda. Y tú, sentada a mi lado, sin quitar ojo del formulario dijiste. Tu estado de salud es malo o muy malo. No mientas.
Y entonces pensé. En la diferencia de percepción entre la salud propia y la ajena. Y en todas las vidas apacibles de las personas a las que quiero, que parecen vivir sin demasiadas decepciones, ni visceralidad, ni somatización de las emociones, con antioxidantes, confort y sedentarismo. Y, poco a poco, empecé a imaginar que os iré enterrando, en un futuro potencialmente lejano, mientras caéis como páginas de un libro quemado. En tardes nubladas como esta, en las que no brillarán los rizos de los niños al sol. Mientras renqueante llego al final con un estado de salud malo o muy malo. Pero duro como el alambre, si está flaco y no es de hambre. Os echaré mucho de menos. Con la pena y el orgullo del superviviente.

enfant terrible,
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