19 de Agosto 2016

raspadinha

Los veintiocho ojos de vaca que me rodean y miran al interior de este habitáculo de coche gris metalizado de alquiler, se acercan parsimoniosamente al ritmo de sus cencerros oxidados, golpeando el lateral de los retrovisores, y mi ausencia de seguro, franquicia, y sentido común, frenados en un desfiladero con vista al océano, en una pendiente del veinticinco porciento, con una vieja palanca de freno de mano, que apunta a las nubes del anticiclón de esta preciosa y diminuta isla, donde los azoreños son portugueses buenos, amables, melancólicos y educados en el pleonasmo, que acuden a misa en pequeñas iglesias de paredes blancas, clonadas con precisión a lo largo de la costa, y con versículos proyectados en un power point, con letras cursivas y diminutivos en cada frase de fe, intentando que los feligreses olviden la idea de que cualquier isla es un madero a la deriva, mientras el anticiclón planea sobre las cabezas de los hombres vencidos por el viento, y la melancolía de los pequeñitos vasos de vino oscuro, junto a las raspadinhas que prometen un sueldo digno si el concursante raspa con una moneda de la lejana europa el orden correcto de las estrellas de la suerte, y ese chorrito de adrenalina dura en la cabeza de estos pequeños ludópatas de barra de bar, el breve instante en el que los turistas hunden el pie en el agua helada de una cascada, y sonríen congelados ante lo que algún día será una foto imantada a una nevera, y cuando el invitado a casa la mire pueda pensar que, son tan tranquilas e idílicas las Azores que por eso el trío decidió aquí destruir el mundo.

enfant terrible,
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