31 de Julio 2016

influencers

Las antiguas estrellas de la vieja Internet desaparecieron, más o menos, al mismo tiempo que la anciana red. Que los sostenía. Eran los recomendadores, los gurús, los altavoces de las marcas, los entrenadores morales. Nacieron anglicismos para soportar todas esas actividades que existían previamente al humanito digital. Pero nacieron -y como casi todo- murieron. Las glorias de la vieja red no pueden alardear de lo que hicieron, porque nadie lo recuerda y su soporte se ha perdido. Aquella constelación de actos digitales desapareció tras la extinción digital. Nadie ideó una cápsula del tiempo lo suficientemente buena, como para albergar aquellas toneladas de ego codificadas en pequeños ceros y unos, que coloreaban la cara de millones de humanos atentos a una
pantalla, soñando con una vida mejor. Ajena, y proyectada. Cuando el trenzado de hilos de cobre ahorcó a la civilización digital, se inició una teoría de juegos que deshizo el cubito de hielo, que se creía iceberg, de los influencers de Internet. Ahora, miran sus tatuajes, incapaces de explicarles a sus nietos, quién y qué les encumbró. Ni siquiera, quién ideo las frases de autoayuda escritas en tinta en su piel envejecida y estriada.

enfant terrible,
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