24 de Julio 2016

13

13 años escribiendo. Trece escrito en letras. Impreso, y no esquivado, como en los aviones supersticiosos. Llevaba trece años escribiendo. Con algún tipo de persistencia, y con la pequeña fe de la abuela que guarda (y besa) una estampita arrugada. Como si mucho tiempo en el intento, significase algo.
Cuando mi padre se jubiló, se sentó junto a mí una tarde, y me preguntó. ¿Y ahora qué? Le dije -sin mirarle- escribe un libro sobre la mierda que es la vida del humano privilegiado. Sobre lo mal que lo has pasado, luchando, pese a tener la supervivencia asegurada. Eres un cínico, dijo. Tú eres el escritor, yo nunca he teclado un mail de más de dos frases. Se levantó y se fue. Un año después, publicó su primera novela. No era cínica. Ni dura. Un pequeño thriller de una pequeña ciudad.
Tu padre, el escritor. Me decía la gente. Gente que no sabía que yo había pasado 13 años escribiendo. Como si mucho tiempo en el intento, significase algo. Agarrado a esa pequeña estampita de fe, que supone la potencialidad de la escritura. No por el reconocimiento. Ni si quiera por la unicidad. Tan sólo por la irrealidad. Y la diminuta parcela de independencia. El jardín, pequeñito, donde uno decide cómo deben marchitarse las flores. A qué ritmo. En qué orden. Y con el egoísmo de las propias suelas, las únicas con jurisdicción para pisotear las plantas que uno mismo hubiera ideado. E incluso, en caso de necesidad, quemar la tierra. Y no volver a mirar -nunca más- aquel diminuto jardín de literatura.
Así que, empecé una novela. En la que un hijo que había pasado trece años escribiendo (y quizá sufriendo) mataba a un padre que, en apenas seis meses, había conseguido que todo el mundo le reconociese como escritor.

enfant terrible,
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