3 de Junio 2016

lugareño

El Rin está desbordándose. Los turistas se acercan a la orilla del puente y se fotografían unos a otros. Sonríen y agitan la mano, ante la cámara, en un gesto que intenta decir. Aquí hay mucha agua. Digo que son turistas porque mi falta de entusiasmo ante cualquier acto cotidiano en una ciudad ajena me convierte, prácticamente, en un lugareño. Un hombre que camina sin acento, con las manos en los bolsillos, sin prestar demasiada atención a prácticamente nada. Un lugareño con la piel quizá demasiado pigmentada para que la camarera, al acercarse a mi mesa, sonría e intente traducir en imágenes, el contenido de las cuatro primeras salchichas de la carta. Vielen Dank. En la cristalera del restaurante, las gotas de agua abomban la estación de por sí gris. Una manzana de trapo empapada. Roída por los gusanos de vagones, rojos y verdes, que descargan en la estación a las hormiguitas de la productividad. Circulan en un fractal de generaciones. Y esquivan, en la plaza, a los chicos que juegan a fútbol, a los que tocan la guitarra, a los que beben en el suelo. Y se suben el cuello del tres cuartos, cubren el maletín del portátil, y no miran al cielo. Pese a que, seguramente. Todos cabemos bajo la misma campana de Gauss. No importa a qué altura esté la curva de nuestras cabezas. Siempre que envejezco, intento que sea viajando. Hoy cumplo. 35 años, la mediatriz entre la guardería y el geriátrico. La edad y el extranjero son dos extrañezas. Quizá la doble negación lo convierta en una certeza.

enfant terrible,
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