A esta biografía sinusoidal la llamaré vida.
Escribiré tu nombre, en todas las paredes, con mi tipografía de sangre y esperma.
Se puede plagiar una frase, un gesto, un orgasmo, pero no una vida.
Mi único rito cristiano de domingo es peregrinar hasta el faro. Esta cruz sin travesaño. Que no alumbra desde hace años. Apago las luces, paro el motor, bajo la ventanilla. Escucho la indecisión de las gaviotas. Las olas tienen la misma espuma que en las ilustraciones japonesas. Lo único que me ilumina es la noche. Hay poesía en cada derrota. La victoria es la culminación de lo superfluo. Me voy a lanzar al mar. Y esperaré a que la vida me derrote.
En alguna parte de mí hay un niño que le sonríe a la aurora boreal.
Le pondré un cascabel en cada uno de sus dientes de leche, para saber cuando sonríe, y encontrarlo en la oscuridad.
A esta biografía sinusoidal la llamaré vida.
Una vez me definieron así, puedo hacer de la sonrisa más grande algo más triste que una lágrima. Y tú, puedes destrozarme con unas pocas líneas.
Ella. - 21 de Febrero 2012 a las 06:42 PMLas derrotas son mucho más poéticas que las victorias, eso es una trampa mortal para muchos de nosotros, es más, las victorias siempre me han parecido muy horteras.
Anonymous - 21 de Febrero 2012 a las 08:48 PMLa vida puede cagarte a trompadas, pero la derrota es propia, sin dudas. Es decir, la vida pasa, discurre bajo nuestros ojos y si nosotros decidimos no hacer nada con ella, ahí está la derrota.
Etienne - 22 de Febrero 2012 a las 04:04 AMLo de no poder plagiar una vida, puede ser el último resquicio que me quede para seguir creyendo.
Cómo molesta no encontrar a nadie que entienda perfectamente los simbolismos de mi cabeza.
qué lindo blog imágenes tenés.
gingerbreath - 23 de Febrero 2012 a las 02:49 AMMe voy de aquí, no quiero más oírme;
de mi voz toda voz suéname a eco,
ya falta así de confesor, si peco
se me escapa el poder arrepentirme.
No hallo fuera de mí en que me afirme
nada de humano y me resulto hueco;
si esta cárcel por otra al fin no trueco
en mi vacío acabaré de hundirme.
Oh triste soledad, la del engaño
de creerse en humana compañía
moviéndose entre espejos, ermitaño.
He ido muriendo hasta llegar al día
en que espejo de espejos, soy me extraño
a mí mismo y descubro no vivía.